Dimensiones para formar y evaluar la competencia de trabajo en equipo

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La competencia de trabajo en equipo tiene tres dimensiones: la personal, la grupal y la de resultados.

  • La dimensión personal se refiere a la adquisición de la competencia a nivel individual, que se puede comprobar por indicadores como: responsabilidad, compromiso, cooperación, acciones de liderazgo (que no es lo mismo que liderazgo), transparencia, cumplimiento de plazos, ritmo de trabajo, comunicación, ….
  • La dimensión grupal se refiere a tareas o fases que se deben realizar en un trabajo en equipo. Dichas fases tienen dos objetivos: definir el alcance, justificación y viabilidad del objeto del trabajo y garantizar que el trabajo se realice en las mejores condiciones: ajustar el presupuesto, realizarlo en plazos, evitar errores, disponer de protocolos para imprevistos, coordinación, resolución de conflictos….
  • La dimensión de resultados son los productos finales que se obtienen como consecuencia del trabajo en equipo. Aunque el resultado final (informe, producto, recurso académico,….) es el más habitual, hay otros no menos importantes como son la documentación y las lecciones aprendidas.

Nuestra labor como profesorado es, primero formar en la competencia y posteriormente evaluarla pero ¿cómo hacerlo?

Son necesarios tres elementos:

  • Un método de trabajo en equipo que contemple las tres dimensiones adaptadas al trabajo en equipo académico. En mi caso utilizo el método CTMTC. Este método contempla las tres dimensiones y utiliza TIC para poder realizar un seguimiento en tiempo real. Es un método que permite realizar evaluación continua y formativa. Se garantiza la adquisición de la competencia.
  • Un método de aprendizaje. El que mejores resultados nos está dando es el método de Aula invertida, pero no cualquiera, debe ser uno que tenga actividad intermedia o generación de evidencias por parte del alumnado mientras realiza la lección en casa. El que utilizo es el método MFT. Este método nos permitirá reducir el esfuerzo requerido para realizar la evaluación continua y formativa.
  • Un conjunto de indicadores evaluables para cada dimensión. Para evaluar las distintas dimensiones es necesario observar evidencias que se correspondan con los indicadores. Para las dos primeras dimensiones (individual y grupal) los indicadores son comunes y se pueden deducir a través de evidencias observables. Esto es lo que permite tanto al profesorado como al alumnado realizar un seguimiento continuo. Respecto a la dimensión de resultado hay dos indicadores comunes para los resultados de documentación y lecciones aprendidas. Sin embargo para el resultado final (el producto o informe) dependerá mucho del formato de presentación (impreso, online), del alcance (privado solo para el profesorado, para la clase o público), de la materia y del objetivo didáctico que se pretende alcanzar con el resultado.
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Preparar a un niño para la igualdad

Cómo preparar a un niño para un mundo de igualdad

Educar a un hijo para que se libre del machismo es tan importante como elegir un buen colegio

visto en EL PAÍS

Han nacido con el fin del silencio. Son niños que están creciendo en medio del despertar de una nueva conciencia feminista y, aunque la cifra de 49 mujeres muertas a manos de sus parejas en el 2018 revela que aún queda mucho por hacer, los pequeños están siendo testigos del desarme de la violencia patriarcal.  Si la era #MeToo trae algún cambio, será uno en la educación, que es el reto más importante. Como dice la activista Gloria Steinem, “el gran problema de todos, hombres y mujeres, no es aprender sino desaprender”… el machismo, en este caso.

No es tarea fácil. Primero hay que asimilar que enseñar al hermano mayor a que vigile a la pequeña cuando salga de noche quizá no sea lo más acertado. Luego necesitamos comprender qué quiere decir que la violencia de género es un problema de educación. ¿Es no levantar faldas en el patio del colegio? ¿Repartir equitativamente las tareas del hogar entre el niño y la niña? Esto es lo que los opinan los que más saben del asunto.

Predica con el ejemplo o “aquí fregamos todos”

A los padres les preocupan cosas como que sus hijos tengan conductas violentas o desafiantes con otros niños, por eso les corrigen cuando insultan o levantan la mano a un amiguito -aunque a veces pueden tomarse los castigos como una recompensa-. Pero muchos progenitores no se paran a analizar la forma en que ellos se relacionan con sus niños. “¿Qué aprenderá si le digo que no grite mientras le levanto la voz, que no pegue a su hermana mientras le zarandeo del brazo, que no insulte mientras le recuerdo lo tonto que es?”, se pregunta la psicóloga sanitaria experta en violencia de género Penélope Piñera. Con la igualdad pasa lo mismo.

“Antes de plantearse cómo educar a sus hijos e hijas en un contexto de igualdad, los padres deberían analizar desde qué parámetros fueron educados ellos, y qué papeles desempeñan dentro su propio sistema familiar. No es eficaz tratar de educar a un hijo en la corresponsabilidad de las tareas del hogar mientras observan cómo, en su día a día, es su madre quien renuncia a su tiempo para hacer las tareas domésticas”, reflexiona.

El nuevo padre no acepta un papel secundario en la crianza

Son muchos los hombres a los que desde hace ya tiempo no les compensa el machismo, que ya no se sienten cómodos ni identificados con el modelo de masculinidad patriarcal. A pesar de seguir teniendo más derechos y privilegios que las mujeres, se sienten explotados por un sistema en el que deben encontrar un nuevo modelo de ser propio, no impuesto.

Hablar de sexo en la era del meToo

No se han dado su primer beso, pero ya consumen porno y Google es la escuela de sexo donde aclaran todas sus dudas. Sin embargo, los padres siguen siendo necesarios. La experta en sexología María del Mar Padrón aconseja cómo deben abordar el tema del sexo con ellos.

La sexualidad explica procesos tan importantes para el desarrollo personal como la identidad de género, los roles de género, las fantasías, los vínculos afectivos… Los hijos necesitan ayuda para aprender a conocerse, aceptarse y vivir su sexualidad plenamente.

Hay que promocionar los valores positivos implícitos en la sexualidad, aquellos que hacen referencia al placer, al respeto, a la confianza, a la libertad, al conocimiento, a la comunicación, a la igualdad y a la diversidad.

Cuando pregunten, responder con evasivas o gestos de reprobación no es lo más aconsejable. Tampoco lo es hacer chistes machistas o comentarios inadecuados, ni siquiera ante la escena de una película.

Lo que más valoran tanto las chicas y chicos es la honestidad. Está bien reconocer que hablar de estas cosas cuesta, y un padre puede admitir que desea que su hijo tenga información y que, si él no puede dársela, quizá haya que recurrir a otras personas.

“El género es una construcción social y cultural, por tanto el concepto de masculinidad y feminidad no es algo estático sino que se aprende, se impone, se desarrolla o se modifica en función de muchos condicionantes externos. No solo es posible encontrar nuevos modelos de masculinidad, es absolutamente necesario para lograr una sociedad más justa e igualitaria”, profundiza Piñera.

Un ejemplo es el decálogo de principios básicos para tomar conciencia sobre la necesidad de un cambio desde la responsabilidad masculina, que la Asociación de Hombres por la Igualdad (Ahige) ha elaborado. Entre ellos destaca “el proceso y replanteamiento de la relación con sus hijos e hijas. Un nuevo hombre y padre que ya no acepta continuar con un papel secundario e intenta que la relación sea más completa, aprendiendo a implicarse directamente con ellos y ellas”. El objetivo es claramente cuidar mejor a sus hijos.

El hombre caballeroso del siglo pasado, ese que era amable con la mujer colocándola en un pedestal porque la veía como un ser vulnerable y con necesidad de protección, está muriendo. Ahora vemos nacer a uno nuevo al que le han transmitido valores de cuidado y protección a las personas que quiere, independientemente del sexo al que pertenezcan.

Hay que erribar el mito (que tanto daño hace) del amor romántico

La psicóloga de la Universidad de Kentucky Christia Brown, aseguró en un reportaje publicado en el periódico estadounidense The New York Times que cuando las chicas terminan la escuela secundaria, la mayoría ha sido acosada sexualmente. El artículo se hizo viral en el país, pero no hace falta ir a los institutos americanos para detectarlo. El problema es global. En España, según datos del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial, el número de menores de edad enjuiciados por violencia de género aumentó un 40% en 2017, con 226 chicos juzgados por malos tratos a sus parejas.

María del Mar Padrón, especialista en sexología, coeducación y violencia de género, señala como origen del maltrato el mito del amor romántico, ese que se basa en el sufrimiento, la renuncia, los celos y el control como muestras de amor. “El mejor antídoto para luchar contra él es que los padres aceptemos y tratemos por igual a hijos e hijas, dándoles a cada cual su propia identidad. Hay que fomentar la empatía y la ética del cuidado en los chicos, y el valor de la autonomía en las chicas”, indica la experta. Esta educación hará que sean capaces de relacionarse de una manera más sólida, sin machismo de por medio y tratándose como iguales.

Reformular unos roles de género muy desfasados

En una sociedad cada vez más unisex es casi obligatorio preguntarse para qué sirven los roles de género, esas manifestaciones del tipo “las niñas son más obedientes y maduras y los niños más brutos, pero más nobles”. Son coletillas que chirrían con solo leerlas, pero que no dejamos de repetir, y no tienen nada que ver con factores biológicos; se dan en los seres humanos independientemente de su género.

“Es cierto que los roles de género cumplen con un objetivo en función de lo que una sociedad considera adecuado para hombres y mujeres en cada momento histórico, el problema está en que en la mayoría de las sociedades actuales predomina un sistema patriarcal donde se ejerce la supremacía de lo masculino, donde se sitúa al varón como referente”, explica Piñera. Un ejemplo ilustrativo es utilizar el masculino como genérico universal, justificándolo con la idea de que incluye a las mujeres.

Hay que reformular los roles, y la tarea que comienza con los juguetes y sus imperfecciones, que se dejan de lado en los catálogos actuales, que además los distingue por sexos. “La pregunta que todo el mundo debería hacerse es: ¿se necesitan los genitales para jugar con ellos? No, pues entonces todos los juguetes son igualmente válidos para niños o niñas. Los únicos criterios que deberíamos tener en cuenta a la hora de elegir un juguete son la edad, las destrezas o capacidades que desarrollan, los gustos…”, matiza la experta.

Ojo con la música, las películas y la moda

Por muy bien que lo estemos haciendo en casa, hay aspectos externos que pueden disolver todo lo que hemos ido creando. Películas, series, música, que transmiten la idea de que hay parejas predestinadas, que los celos son una muestra de amor, que cualquier sacrificio es válido por la pareja… No hacen ningún bien en nuestra lucha por educar a nuestros hijos en un ambiente de igualdad de derechos y oportunidades.

“De poco sirve si en casa nos relacionamos de forma igualitaria y no violenta pero la música que escuchan nuestros hijos varones hace apología de la violencia y el abuso sexual, si sus películas les transmiten roles de género donde las mujeres son frágiles y sumisas, y están siempre a la espera a que un príncipe las rescate”, concluye la experta.

Cine y valores

Ayer en una reunión de tutoras y tutores de la ESO hablamos de lo bien que llegan los mensajes al alumnado cuando se trabaja con audiovisuales.

Así que me puse a buscar un poco y os dejo aquí varios enlaces a webs dónde se recopilan películas y cortometrajes para trabajar valores:

En EDUCACIÓN 3.0 hay hasta 80 vídeos.

En esta página de YOUTUBE hay 55.

En CENTRO DE COMUNICACIÓN Y PEDAGOGÍA 161. Además es un blog con muchas referencias a cine y educación

Y en RZARTE 100.

¡Pasen y vean!

Resultado de imagen de cine y valores

MIR Educativo. Buena idea, mala comparación

El MIR es un programa de formación por el que todo futuro médico debe pasar. Es un programa formativo muy eficaz, de éxito y con una gran aceptación por hospitales, médicos y sociedad. Así pues, que se intente exportar un caso de éxito a otros ámbitos es algo lógico, adecuado e incluso inteligente. Lo malo […]

a través de MIR Educativo. Buena idea, mala comparación. — Innovación Educativa

Calcetines desparejados para apoyar el DÍA MUNDIAL DEL SÍNDROME DE DOWN

Mañana todos con calcetines desparejados para apoyar el DÍA MUNDIAL DEL SÍNDROME DE DOWN

Chloe Lennon pide que ese día se lleven calcetines desparejados para concienciar a la población
elpais.com

Historia de la desigualdad social

La: o cómo nos hemos atascado tanto.

Banksy
“Cambiar de respuesta es evolución. Cambiar de pregunta es revolución.”  Jorge Wagensberg, físico.
“La verdadera pregunta no es “¿cuáles son los orígenes de la desigualdad social?”, sino que, habiendo vivido una gran parte de nuestra historia yendo y viniendo por diferentes sistemas políticos, la pregunta es: “¿cómo nos hemos atascado tanto?” 
David Graeber, antropólogo. David Wengrow, arqueólogo.

Fragmentos adaptados del artículo: “Cómo cambiar el curso de la historia humana (al menos, la parte que ya sucedió)” de D. Graeber y D. Wengrow.

“Los seres humanos hemos experimentado conscientemente, en una misma comunidad, con diferentes estructuras sociales. Los antropólogos describen las sociedades de este tipo como poseedores de una “doble morfología”. Marcel Mauss observó que los circumpolares inuit, “y también muchas otras sociedades. . . tienen dos estructuras sociales, una en verano y otra en invierno, y que en paralelo tienen dos sistemas de ley y religión”. En los meses de verano, los inuit se dispersaron en pequeñas bandas patriarcales en busca de peces de agua dulce, caribúes y renos, cada uno bajo la autoridad de un solo anciano varón. La propiedad estaba marcada posesivamente y los patriarcas ejercían un poder coercitivo, a veces incluso tiránico sobre sus parientes. Pero en los largos meses de invierno, cuando las focas y las morsas se congregaban en la costa del Ártico, otra estructura social se apoderó completamente de los inuit reunidos para construir grandes casas de reunión de madera, costillas de ballena y piedra. Dentro de ellos, prevalecieron las virtudes de la igualdad, el altruismo y la vida colectiva; la riqueza era compartida.
Otro ejemplo fueron los cazadores-recolectores indígenas de la costa noroeste de Canadá, para quienes el invierno -no el verano- fue el momento en que la sociedad cristalizó en su forma más desigual. Los palacios, construidos con tablones, cobraban vida a lo largo de las costas de la Columbia Británica, con nobles hereditarios, plebeyos y esclavos, y se presentaban los grandes banquetes conocidos como potlatch. Sin embargo, estas cortes aristocráticas se separaron para el trabajo de verano de la temporada de pesca, volviendo a formaciones de clanes más pequeñas, todavía clasificadas, pero con una estructura completamente diferente y menos formal. En este caso, las personas incluso adoptaban diferentes nombres según si era verano o invierno, literalmente convirtiéndose en otra persona, dependiendo de la época del año.
Tal vez más llamativas, en términos de reversiones políticas, fueron las prácticas estacionales de las confederaciones tribales del siglo XIX en las Grandes Llanuras de América. A fines del verano, bandas pequeñas y altamente móviles de Cheyenne y Lakota se congregarían en grandes asentamientos para realizar preparativos logísticos para la caza del búfalo. En esta época tan delicada del año, designaban una fuerza policial que ejercía plenos poderes coercitivos, incluido el derecho a encarcelar, azotar o multar a cualquier delincuente que pusiera en peligro el proceso. Sin embargo, como observó el antropólogo Robert Lowie, este “autoritarismo inequívoco” funcionó sobre una base estrictamente estacional y temporal, dando paso a formas de organización más “anárquicas” una vez que la temporada de caza y sus rituales colectivos finalizaban.”
Estos ejemplos nos pueden sorprender muchísimo, ¿por qué?.
“Durante siglos, nos hemos estado contando una historia simple sobre los orígenes de la desigualdad social. Que durante la mayor parte de su historia, los humanos vivieron en pequeñas tribus de cazadores-recolectores móviles que varíaban de veinte a cuarenta individuos. Buscaban territorios óptimos para la caza y la alimentación, seguían rebaños y recolectaban frutos secos y bayas. Si los recursos escaseaban o surgían tensiones sociales, respondían moviéndose a otro lugar. La vida de estos humanos primitivos es la infancia de la humanidad, estaba llena de peligros, pero también de posibilidades. Las posesiones materiales eran pocas, pero el mundo era un lugar intacto y acogedor. La mayoría solo trabajaba unas pocas horas al día, y el pequeño tamaño de los grupos sociales les permitía mantener una especie de camaradería fácil, sin estructuras formales de dominación. También se supone que es la única época en que los humanos lograron vivir en sociedades genuinas de iguales, sin clases, castas, líderes hereditarios o gobierno centralizado.
Luego vino la agricultura, comenzando a cultivar sus propias cosechas y a criar sus propias manadas. Los vínculos territoriales y la propiedad privada de la propiedad se vuelven importantes de formas desconocidas hasta ahora, y con ellos, las peleas esporádicas y la guerra. La agricultura otorga un excedente de alimentos, lo que permite a algunos acumular riqueza e influencia más allá de su grupo familiar inmediato. Otros usan su libertad de la búsqueda de alimentos para desarrollar nuevas habilidades, como la invención de armas, herramientas, vehículos y fortificaciones más sofisticadas, o la búsqueda de la política y la religión organizada.
Y así aparece el surgimiento de las ciudades, lo que significó el surgimiento de la civilización. La agricultura asegura un aumento global de los niveles de población. A medida que las personas se mueven en concentraciones cada vez mayores, nuestros antepasados ​​involuntarios dan otro paso irreversible hacia la desigualdad, y hace aproximadamente 6.000 años, aparecen ciudades, y nuestro destino está sellado. Con las ciudades viene la necesidad de un gobierno centralizado. Nuevas clases de burócratas, sacerdotes y políticos guerreros se instalan en oficinas permanentes para mantener el orden y garantizar el flujo fluido de suministros y servicios públicos. Las mujeres, que alguna vez tuvieron un papel destacado en los asuntos humanos, son secuestradas o encarceladas en harenes. Los cautivos de guerra son reducidos a esclavos. La desigualdad en toda regla ha llegado, y no hay forma de deshacerse de ella. La civilización significaba muchas cosas malas (guerras, impuestos, burocracia, patriarcado, esclavitud …) pero también posibilitó la literatura escrita, la ciencia, la filosofía y la mayoría de los otros grandes logros humanos. Ahora podemos simplemente mirar con lástima y celos a las pocas sociedades “tradicionales” o “primitivas” que de alguna manera abandonaron el barco.
Así, las “sociedades tradicionales” se tratan como si fueran ventanas del Paleolítico o del pasado neolítico. El problema es que no son nada de eso. No son fósiles vivientes. Han estado en contacto con estados e imperios agrarios, invasores y comerciantes, durante milenios, y sus instituciones sociales se formaron de manera decisiva a través de intentos de involucrarse con ellos o evitarlos. Solo la arqueología puede decirnos qué tienen, en todo caso, en común con las sociedades prehistóricas.
Casi todos conocen esta historia en sus líneas más generales. La mayoría

©Paulo Whitaker

considera la civilización, y por lo tanto la desigualdad, como una necesidad trágica. Algunos sueñan con volver a una utopía pasada, de encontrar un equivalente industrial al “comunismo primitivo“, o incluso, en casos extremos, de destruirlo todo, y volver a ser forrajeadores de nuevo.

Como resultado, aquellos escritores que reflexionan sobre las “grandes preguntas” de la historia humana -Jared Diamond, Francis Fukuyama, Ian Morris y otros- aún siguen la pregunta de Rousseau (“¿cuál es el origen de la desigualdad social?”) Como si la historia más grande comenzará con algún tipo de caída de la inocencia primordial.
Ese es el mensaje político transmitido sobre una edad imaginaria de inocencia antes de la invención de la desigualdad: que si queremos deshacernos por completo de tales problemas, tendríamos que deshacernos de alguna manera del 99.9% de la población de la Tierra y volver a ser pequeñas bandas forrajeras de nuevo. De lo contrario, lo mejor que podemos esperar es ajustar el tamaño de la bota que pisará nuestras caras, para siempre, o quizás regatear un poco más el espacio de maniobra en el que algunos de nosotros podamos, al menos temporalmente, apartarnos de su camino.
Hay un problema fundamental con esta narración.
 
No es verdad
Nuestra especie, de hecho, no pasó la mayor parte de su historia en pequeñas bandas; la agricultura no marcó un umbral irreversible en la evolución social; las primeras ciudades a menudo eran robustamente igualitarias.
Es cierto, antes del comienzo de lo que se llama el paleolítico superior, realmente no tenemos idea de cómo era la vida social más humana. Las cosas solo comienzan a tener algún tipo de enfoque en el Paleolítico Superior en sí, que comienza hace unos 45,000 años, y abarca el pico de glaciación y enfriamiento global (alrededor de 20,000 años atrás) conocido como el Último Máximo Glacial. A esta última gran Edad de Hielo le siguió el inicio de condiciones más cálidas y el retroceso gradual de las capas de hielo, lo que llevó a nuestra época geológica actual, el Holoceno. Luego, se dieron condiciones más clemente, creando el escenario en el que el Homo sapiens, que ya había colonizado gran parte del Viejo Mundo, completó su marcha hacia el Nuevo, llegando a las costas del sur de las Américas hace unos 15,000 años.
Entonces, ¿qué sabemos realmente sobre este período de la historia humana? Gran parte de las primeras pruebas sustanciales de la organización social humana en el Paleolítico proviene de Europa. El continente estaba dividido en valles y estepas ricos, atravesados ​​estacionalmente por manadas de venados, bisontes y mamuts lanudos migratorios. Los prehistoriadores han señalado que los grupos humanos que habitaban estos entornos no tenían nada en común con esas bandas de cazadores-recolectores, simples e igualitarias, que aún rutinariamente se imaginaban que eran nuestros remotos ancestros.
Para empezar, existe la existencia indiscutible de enterramientos ricos, que se remontan en el tiempo a las profundidades de la Edad de Hielo. Algunos de estos, como las tumbas de Sungir, de 25.000 años de antigüedad, al este de Moscú, como observa Fernández-Armesto, con “impresionantes signos de honor: pulseras de marfil de mamut pulido, una diadema o gorra de dientes de zorro, y casi 3,000 cuentas de marfil laboriosamente talladas y pulidas”. Y a unos pocos pies de distancia, en una tumba idéntica, “yacen dos niños, de unos 10 y 13 años respectivamente, adornados con dádivas similares, incluyendo, en el caso del anciano, unas 5,000 cuentas tan finas como las de un adulto (aunque un poco más pequeño) y una lanza masiva tallada en marfil”. Ya se han atestiguado entierros ricos de refugios rocosos del Paleolítico Superior y asentamientos al aire libre en gran parte del oeste de Eurasia. Entre ellos encontramos, por ejemplo, la “Dama de Saint-Germain-la-Rivière”, de 16.000 años, con adornos hechos con dientes de ciervos jóvenes cazados a 300 km de distancia, en el País Vasco español; y los entierros de la costa de Liguria, incluyendo a ‘Il Principe’, un joven cuyas insignias incluían un cetro de pedernal exótico, porras de cuerno de alce y un adornado tocado de conchas perforadas y dientes de venado.
El Pleistoceno no tiene equivalentes directos en escala a las Pirámides de Giza o al Coliseo romano. Pero sí tiene edificios que, según los estándares de la época, solo podían considerarse obras públicas, lo que implicaba un diseño sofisticado y la coordinación del trabajo en una escala impresionante. Por ejemplo, los templos de piedra de Göbekli Tepe en la frontera turco-siria. Datando de hace alrededor de 11,000 años, al final de la última Edad de Hielo, comprenden al menos veinte recintos megalíticos levantados muy por encima de los ahora estériles costados de la llanura Harran. Cada uno estaba formado por pilares de piedra caliza de más de 5 m de altura y un peso de hasta una tonelada. Casi todos los pilares de Göbekli Tepe son una notable obra de arte, con relieves en relieve de animales amenazadores que se proyectan desde la superficie. Las aves rapaces esculpidas aparecen en combinación con imágenes de cabezas humanas cortadas. Las tallas atestiguan habilidades escultóricas, sin duda perfeccionadas en el medio más flexible de la madera (una vez ampliamente disponible en las estribaciones de las montañas Taurus), antes de ser aplicado a la roca madre del Harran. Y los protagonistas de este espectáculo prehistórico vivían solo de recursos silvestres.
Pero la desigualdad institucional en las sociedades de la Edad de Hielo, ya sea en forma de grandes sepulturas o edificios monumentales, no es más que esporádica.
Se trata de los ritmos estacionales de la vida social prehistórica. La mayoría de
los sitios paleolíticos están asociados a diferentes períodos anuales o bienales, vinculados a las migraciones de manadas de animales de caza, ya sea mamut lanudo, bisonte estepario, reno o (en el caso de Göbekli Tepe) gacela, así como carreras cíclicas de peces y cosechas de nueces. En épocas menos favorables del año, al menos algunos de nuestros ancestros de la Edad de Hielo, sin duda, realmente vivieron y buscaron alimento en pequeñas bandas. Pero hay pruebas contundentes que demuestran que en otros se congregaron en masa dentro del tipo de ‘microciudades’, participando en complejos rituales, en ambicioso proyectos artísticos y comercializando minerales, conchas marinas y pieles de animales a grandes distancias.
Tales patrones cíclicos estacionales de vida social perduraron, mucho después de que se suponía que la ‘invención de la agricultura’ lo había cambiado todo.
La mayoría de los antropólogos entienden que aquellos que viven principalmente de recursos silvestres no estaban, normalmente, restringidos a pequeñas ‘bandas’.
La evidencia arqueológica también sugiere que en la última Edad de Hielo, nuestros antepasados ​​remotos cambiaban de modelos sociales según las estaciones (como los inuit, lakota…), permitiendo el surgimiento de estructuras autoritarias durante ciertas épocas del año con la condición de que no fueran estables; en el entendimiento de que ningún orden social particular fue alguna vez fijo o inmutable. Dentro de una misma población, en ocasiones un individuo podría vivir como una tribu, y en otros periodos, dentro de una sociedad con muchas de las características que ahora identificamos con los estados. Como Claude Lévi-Strauss a menudo señaló, los primeros Homo sapiens no eran solo físicamente iguales a los humanos modernos, sino que también eran nuestros pares intelectuales. De hecho, la mayoría probablemente eran más conscientes del potencial de la sociedad de lo que la gente en general lo es hoy en día, e iban y venían desde diferentes formas de organización socioeconómica-política cada año, limitando la desigualdad a los dramas rituales, construyendo dioses y reinos como lo hicieron con sus monumentos, para luego desensamblarlos alegremente una vez más.
Mujer sentada de Çatalhöyük
Claramente, ya no tiene sentido usar frases como “la revolución agrícola” cuando se trata de milenios después de su inicio. Las personas, desde la Amazonia al Medio Oriente, cambiaban anualmente entre los modos de producción, al igual que cambiaban sus estructuras sociales.  En al menos algunos casos, como en el Medio Oriente, los primeros agricultores organizaron sociedades neolíticas notablemente igualitarias, con el fín de adaptarse a su modo de vida más intensivo en mano de obra. Ésto se ve claramente reflejado en su arte y vida ritual (por ejemplo, en las figurillas femeninas de Jericó o Çatalhöyük)
procesos tan desordenados y complejos. Si bien la agricultura permitió la posibilidad de concentraciones de riqueza más desiguales, en la mayoría de los casos esto comenzó a suceder
Tampoco la ‘civilización’ viene como un paquete. Las primeras ciudades del mundo no surgieron en un puñado de lugares, junto con sistemas de gobierno centralizado y control burocrático. Poco se sabe todavía sobre la distribución y el origen de las primeras ciudades, y sobre la antigüedad de los sistemas de gobierno autoritario y administración letrada que una vez se supusieron necesarios para su fundación. Pero se han descubierto centros ceremoniales de una magnitud sorprendente en el valle del río Supe, en particular en el sitio de Caral: restos enigmáticos de plazas hundidas y plataformas monumentales, cuatro milenios más antiguos que el Imperio Inca. En China, hacia el 2500 aC, ya existían asentamientos de 300 hectáreas o más en los tramos inferiores del río Amarillo, más de mil años antes de la fundación de la dinastía real más antigua (Shang).
Las ciudades igualitarias son históricamente bastante comunes. En los centros más urbanizados – Mesopotamia, el valle del Indo, la cuenca de México – hay una creciente evidencia de que las primeras ciudades se organizaron en líneas autoconscientemente igualitarias, los consejos municipales retuvieron una significativa autonomía del gobierno central. En los primeros dos casos, las ciudades con sofisticadas infraestructuras cívicas florecieron durante más de medio milenio sin rastros de enterramientos reales ni monumentos, ni ejércitos permanentes ni otros medios de coacción a gran escala, ni indicios de control burocrático directo sobre la vida de la mayoría de los ciudadanos.
Simplemente no es cierto que las clases dominantes, una vez establecidas, no puedan ser expulsadas sino por una catástrofe general. Para tomar solo un ejemplo bien documentado: alrededor del 200 DC, la ciudad de Teotihuacan en el Valle de México, con una población de 120,000 (una de las más grandes del mundo en ese momento), parece haber experimentado una profunda transformación, desde los templos de las pirámides y el sacrificio humano, a reconstruirse como una vasta colección de cómodas villas, todas casi del mismo tamaño. Permaneció así durante quizás 400 años. Incluso en los días de Cortés, el centro de México aún albergaba ciudades como Tlaxcala, administradas por un consejo electo cuyos miembros eran azotados periódicamente por sus electores para recordarles quién estaba finalmente a cargo.
De tal flexibilidad institucional viene la capacidad de salir de los límites de cualquier estructura social, y hacer y deshacer los mundos políticos en los que vivimos.
Realmente, lo que debemos entender sobre la desigualdad social es cómo se volvió aceptable para algunos convertir la riqueza en poder, o cómo puede ser que a algunas personas les digan que sus necesidades y vidas no cuentan. Es aquí donde debemos mirar.”
David Graeber, antropólogo. David Wengrow, arqueólogo.