El contraste entre el esplendor de una obra y la maloliente miseria humana de su autor


Interesante reflexión entre la grandeza artística de las obras y la miseria moral de algunos autores

Calle del Orco

Tenemos el mismo problema con Wagner. Durante el almuerzo, esperando a que sirvan el postre, Cosima Wagner dice a los criados: «Hay que esperar, el maestro está tocando el piano». Arriba, en el segundo piso, se le oye tocar. Estaba estudiando, preparando la música de Semana Santa de Parsifal. Wagner baja. Y en la mesa del almuerzo —tenemos el testimonio directo de Cosima— se pronuncia sobre la cuestión judía y dice: «¡Hay que quemar vivos a los judíos!». El mismo día en que compone la música de Semana Santa de Parsifal. Me dirá usted: «Hay que comprenderle.» ¡No! No se puede comprender. Nosotros somos hombres y mujeres insignificantes. Usted y yo. Gracias a esos gigantes tenemos una herencia inmensa; no imagino mi existencia sin Tristán, sin otras páginas de Wagner, sin Ser y Tiempo, sin los libros sobre Kant, sin los ensayos sobre los presocráticos, etc…

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